Caldero Grande, Caldero Pequeño

La siguiente fábula es un relato de Bruno Lussato que aparece en su libro: “El desafío informático” (Editorial Planeta, 1982). En él, este profesor informático frances, describía ya en 1981 como se desarrollaría la informática en las siguientes dos décadas.

Yo, tres décadas después, les vuelvo a traer a mi blog esta fábula como posible futuro de la informática en el aula si dejamos todo en manos de Windows:

Érase una vez un pueblo donde la gente vivía feliz, la sopa constituía su principal alimento, y cada hogar tenía su especialidad propia. Tomates, perejil, cebollas, pimientos marrones, especias… Cada ama de casa tenía su receta inimitable su pequeño secreto. Se daba a probar la sopa a sus amigos. Eran tiempos felices.

Cierto día, procedente de una Babilonia cercana, llegó un hombre misterioso. Visitó el sistema financiero, tras lo cual, después de haber reunido a sus habitantes en la plaza mayor, les grito ¡Sois unos tontos! Es una pérdida de tiempo el hacer la sopa tal como las hacéis. Este pueblo consta de mil hogares y tenéis que cuidaros de mil calderos.

– ¡Es absurdo! Dejadlo en mis manos. Tengo una solución mucho más económica. Me comprometo a preparar la sopa para todo el pueblo en un sólo caldero. Para encender el fuego bastar con una cerilla en vez de las mil que necesitabais. En cuanto al agua es suficiente con ir una sola vez al pozo; y todo resulta más barato. ¡Y se compran los tomates, el perejil, las cebollas, los pimentones y las especias al por mayor! ¿Acaso vuestras mujeres tienen tiempo para aprender a preparar la mejor sopa del mundo? ¡Claro que no! Yo, gracias al ahorro que mi sistema garantizó, poder‚ contratar para vosotros, sólo para vosotros, al mejor cocinero del país, al gran especialista de la sopa. No se dedica más que a esto: ¡A preparar sopa! No sólo escoger los ingredientes de mayor calidad y saber cocinarlos de la forma más adecuada, sino que sabe como remover con la cuchara correctamente. ¡Atención! Puedo incluso, contratar, además del cocinero, a un especialista que elige los ingredientes y a otro para remover con la cuchara ¿Habéis pensado siquiera acerca de este problema? Lo hacéis como Dios os lo da a entender, estoy seguro de ello. Yo, en cambio, voy a confiar la preparación de vuestra sopa a tres especialistas. ¡Os costará vuestra sopa dos o tres veces menos que ahora y será mil veces mejor!.

El hombre ese tenía una lengua de oro. Venía de la ciudad. Fue aclamado por la población. Incluso se buscó un astrólogo que reveló que todo esto estaba escrito en las estrellas. El primer paso que se dio fue encontrar o construir un caldero grande. Al no dar con él se tuvo que proceder a su fabricación, pero con tan mala fortuna que se agrietó: A nadie se le había ocurrido recurrir a los servicios de un ingeniero especializado en resistencia de materiales. Se contrató uno.

Tras dos años de trabajo se compró un soberbio y gigantesco caldero que dominaba las casas del pueblo. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que necesitaban una cuchara tan grande que ningún hombre era capaz de manejar por sí solo. Otro ingeniero puso mano a la obra e inventó un dispositivo mecánico especial.

El hombre que sabía remover admirablemente la sopa con la cuchara tuvo que seguir un cursillo de reconversión para aprender a dar vueltas a una manivela que accionaba la cuchara. En cuanto al especialista de la selección de los ingredientes, este se encontró con problemas no menos enredados. En efecto, podía escoger sin el menor titubeo la mejor cebolla entre diez que le mostrasen. Pero cuando se le presenta una tonelada se veía obligado a escribir toda la partida, es decir tanto las buenas como las malas. Se produjeron algunas intoxicaciones alimentarias.

Salvados por fin estos escollos, se consiguió tener un caldero perfecto bajo todo punto de vista, al cabo de algunos años se llegó incluso a construir otro inmediatamente después: Se habían dado cuenta de que mientras el caldero único era limpiado, restregado y secado… ¡Todo el pueblo se quedaba sin sopa!.

Cada noche, la sopa hervía a borbotones, dominando al pueblo con su masa. Esto era lo esencial. Bien es verdad que el servicio planteaba algunos problemas. No demasiado graves, pero así y todo comían sopa. En primer lugar, debido al tamaño del caldero, hubo que organizar un sistema para ir a servirse allá arriba. Al atardecer, se ponía en marcha una larga procesión por la calle mayor del pueblo con las escudillas en la mano. Si por lo menos hubiesen aceptado a servir por turnos a lo largo de todo el día no se hubiese producido ningún problema. Pero no, acudían todos a la misma hora, a las 8 de la noche. Otro problema que se presentaba consistía en que la sopa se enfriaba mientras regresaban a casa: Se inventó el termo ¡No hay quien pare el progreso! evidentemente, resultaba ahora la sopa algo más cara, pero que se le iba a hacer, cuando no hay más remedio.

Todo esto demuestra que las cosas no iban todo lo bien que se había previsto, hasta el extremo que un buen día, una mente audaz propuso destruir el caldero grande y volver al antiguo sistema. Pero ya era demasiado tarde: Ya nadie sabía fabricar calderos pequeños y, de todas maneras, las mujeres habían olvidado las recetas de la sopa familiar. Todo el mundo se había acostumbrado mas o menos a la fuerza, a la sopa industrial, llamada también “sopa popular”…

Afortunadamente, otros especialistas acudieron para estudiar detenidamente el problema. Tras haber examinado la cuestión, reunieron de nuevo a la población y le dijeron: “esta sopa no acaba de gustaros porque os llega a “ráfagas”. Vamos a construir un sistema de canalizaciones que os permita recibir la sopa en vuestros hogares abriendo simplemente un grifo. De esta manera, habrán acabado todos vuestros problemas. Todo transcurría, en definitiva como si tuvieseis nuevamente en cada casa el caldero individual, pero sin sus inconvenientes, ¡por supuesto! Fueron aclamados como nunca los que dieron la nueva solución.

No los voy a cansar relatando los numerosos sin sabores que supuso la instalación de las tuberías. Un día por fin, la “sopa distribuida” fue un hecho… Decir que el nuevo sistema era una maravilla sería decir mucho. La gente seguía queriendo tener su sopa “todos a la misma hora”. Y entonces ya nada circulaba por los tubos, o bien llegaba fría, o al contrario hirviendo. Y por si fuera poco, las canalizaciones resultaban muy difíciles de limpiar. Unas veces se reventaban, otras el caldero se averiaba, el pueblo se veía entonces privado de sopa durante unos días. Pero la gente ya se había acostumbrado.

Cierto día, se enteró con sorpresa la población de que el especialista de la sopa, el renombrado cocinero, había sido nombrado gran visir. Se había convertido de pronto en la personalidad más importante del país, después del sultán. ¿Y porqué motivo? Pocas personas lo sabían realmente: “Porque se quería evitar una huelga en el ejército de especialistas que se hallaba ahora bajo sus ordenes, lo que había cortado el abastecimiento de sopa al pueblo… Por añadidura se tuvo que otorgar funciones importantes a cada uno de los representantes de las corporaciones relacionadas con la fabricación de la sopa, puesto que bastaba con que uno solo de ellos se declarase en huelga para que todo quedase parado. De nada servía, evidentemente, dosificar los ingredientes si no había nadie para removerlos con la cuchara…

Tales eran los inconvenientes de la especialización. Por si esto fuera poco, la gente estaba descontenta. Empezaba a soñar con la sopa que tenía el sabor peculiar que más les gustaba. Solicitaron que hubiese variación en el menú. Estaban ya hartos de tener que comer todas las noches la misma sopa. El gran Visir propuso dividir el caldero en compartimientos en función de los diferentes gustos. Pero este sistema costaba tan caro que tan solo los ricos podían recurrir a él. Para los demás se estableció una regla democrática: “La ley del voto”. En función del número de sufragios, la sopa designada por la mayoría era servida durante la mayor parte del año y cada minoría, en función de su importancia respectiva, vería manar del grifo su sopa durante un número equitativo de días.

No me extenderé sobre el relato de otras peripecias de esta historia, tal como esa guerra que un país limítrofe desencadenó, cortando de esta suerte el suministro de la madera, que servía para hacer hervir el gigantesco caldero. Lo realmente importante es que este cuento tiene un final feliz: Un buen día, llegó un hombre y anuncio a la población que había inventado un sistema para que cada hogar pudiese adquirir, como antaño, su caldero individual. Ciertamente, no el caldero de otrora ¡no! uno de nuevo cuño, pero que tampoco estaba conectado con ninguna tubería y era totalmente autónomo.

La revolución industrial ha erigido un esquema de organización que ha proliferado por doquier y en todos los campos, según el cual, por meras razones de ahorro, resulta ventajoso proceder a una centralización cada vez más extremada de las estructuras. Esta lógica implica transformar a los usuarios en consumidores a quienes se distribuyen aquellos cuya producción era repartida anteriormente en todos los hogares. Distribuir o repartir, tal es, pues la cuestión. Somos víctimas de la persistencia de anticuadas formas de pensar. No nos hemos preocupado suficientemente del análisis de las implicaciones sociales, culturales y humanas de la innovación tecnológica.

De igual forma, esta fábula podría aplicarse a cualquier otro mercado monopolista.

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