Cáceres tiene un pequeño río que nace en la propia ciudad y bordea su parte monumental. Hace algún tiempo, al borde de su corta pero fértil orilla, había hortelanos que sembraban de manera tradicional sus pequeñas huertas, para vender luego sus productos de forma ambulante al resto de los cacereños; muchas veces diciendo que son hortalizas de Miajadas debido a la mala fama que, a lo largo del tiempo, algunos de los dirigentes de la ciudad han contribuido a construir en el imaginario de la ciudad.
Un río y una rivera que fueron olvidados, algunas veces de forma consciente, por los cacereños y sus dirigentes, pero que es utilizado por otros ‘cacereños’ en su vida diaria como cangrejos, peces, ranas, aves, cabras, nutrias o jabalís.
Entre los diversos huertos destacaba uno en particular. Pertenecía a uno de los mayores contrabandistas de droga de Extremadura, narcotraficante con tanto poder que mandó asesinar a uno de los jueces más importantes de España, que le estaba investigando. Por fortuna, no consiguió su objetivo y acabó dando con sus huesos en la cárcel. La mayor parte de sus posesiones fueron expropiadas, entre ellas nuestra pequeña huerta objeto de este relato, que pasó a ser propiedad del ayuntamiento de Cáceres.

Imagen de la Huerta Liberada de la Rivera del Marco de Cáceres de este verano
Nuestra huerta pasó de tener unas manos delincuentes que la trabajases a no tener ninguna, perdió su finalidad y en ella comenzaron a crecer zarzales, que con el paso del tiempo llegaron a ser más altos que las higueras que allí residían.
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